Identidad e Ideología

Identidad e Ideología

Textos » Fundamentos ideológicos de FNI | Autor: | 12.10.2019

En la conformación de un movimiento identitario comprometido con la etnogénesis criolla – la generación de una nueva Nación – los márgenes se encuentran trazados por la correspondencia bio-psico-cultural con dicha Identidad: allí se determina la primera distinción para determinar al destinatario de nuestro mensaje. Sin embargo, y para esta finalidad, ser criollo es condición necesaria, mas no condición suficiente. Y es que aún entre los mismos criollos, es necesario hacer una segunda distinción.

A lo largo de los siglos XX, XIX, e incluso antes, las ideologías desarrolladas en Europa se abocaron a la elaboración de proyectos que conducirían a los pueblos a alcanzar “mundos ideales”, diversas formas de satisfacer los anhelos de justicia y felicidad que asaltaban a las personas en un mundo que mutaba cada vez de manera más vertiginosa.

Existían naciones y no se temía que éstas dejasen de existir. Esto último pudo obviarse, permitiéndoles concentrarse en otros factores, y así dar “un paso más allá”; se trataba entonces de crear ideologías, programas, y movimientos que construyesen el sistema más perfecto, superior, y justo para las naciones existentes. Por esto entiende que en el clima político de aquellos tiempos, especialmente durante la primera mitad del Siglo XX, las distinciones ideológicas entre, por ejemplo, marxistas, liberales, anarquistas y nacionalistas, resultasen fundamentales, diferenciando de este modo a amigos de enemigos.

Pero sin mediar una democrática decisión, y de hecho sin consultar a nadie, el mundo cambió cualitativamente en las últimas décadas, dando lugar a dos fenómenos de relevancia para el punto en cuestión:

1. El vaciamiento de las ideologías. Hubo innumerables y sucesivas interpretaciones y reinterpretaciones experimentadas al interior de cada ideología. Por ejemplo, actualmente resulta difícil hablar de EL Liberalismo ofreciendo un concepto o descripción que englobe a todos quienes se comprenden dentro de dicha ideología. Algunos que afirman serlo, en la práctica no lo son, y otros que incluso se oponen a él, en los hechos resultan actuar como los seguidores más convencidos. Incluso entre quienes adhieren a esta ideología, es posible encontrar sustanciales diferencias, pudiendo apreciarse tantos “Liberalismos” como personas liberales. ¿Quiénes son los verdaderos? ¿Quiénes inconscientemente lo están desvirtuando? ¿Quiénes concientemente lo está reformando?
Las ideologías, que en un principio pretendieron abarcar, explicar y transformar la totalidad de la realidad, fueron forzadas a transformarse doblemente: primero según el grupo de personas que las ponía en práctica, y después, conforme el entorno experimentó cambios. Eso explica, por ejemplo, la existencia en Chile de izquierdistas defensores del libre mercado, o de derechistas promotores del aborto. En la práctica, la única forma de conocer realmente el pensamiento político de una persona es mediante una serie de preguntas, a través del diálogo, y no mediante una clasificación básica.
¿Qué quiere decir alguien cuando se define a sí mismo como liberal? ¿Qué quiere decir alguien cuando se define a sí mismo como socialista? O más complejo aún ¿Qué queremos decir nosotros cuando calificamos a un tercero como liberal, socialista, o según cualquier otra ideología? Así nos encontramos con que la claridad que antaño brindaban las viejas clasificaciones ideológicas hoy resulta insuficiente, y que actualmente éstas poco nos dicen sobre la identificación política de una persona. Éstas lentamente se han convertido en meras etiquetas vacías de contenido, controvertidas si se quiere, pero vacías al fin y al cabo.

2. La desintegración de las naciones. Tras la caída del muro de Berlín – símbolo del derrumbe del proyecto global marxista – el Liberalismo pasó a instalarse como la ideología dominante a nivel planetario, o por lo menos en el Occidente actual. La negación de las identidades colectivas y la exaltación del individuo por sobre cualquier entidad, institución o vínculo, derivó en una nueva antropología liberal que pasó de los libros a la práctica, cuestionando la existencia misma de los pueblos del mundo. Debido a que fueron los primeros en asimilar los valores de la Modernidad y sirvieron como vehículo de expansión de los mismos, las naciones europeas y eurodescendientes resultaron ser las más afectadas por el triunfo del Liberalismo, siendo sometidas a procesos de ingeniería social, domesticación y desplazamiento demográfico con poblaciones de origen racial no-blanco; en países donde esto era una realidad desde antes, el proceso simplemente se acentuó aún más.

Durante la primera mitad del traumático Siglo XX, los movimientos nacionales se preguntaron, por ejemplo, cuál sería el mejor modelo político, económico y social para el pueblo alemán; en el Siglo XXI, en cambio, esos movimientos se están preguntando si acaso el mismo pueblo continuará siendo alemán.

Para nuestro caso en Chile, el debate teórico sobre si el Anarquismo, Liberalismo, Marxismo, Nacionalismo, etc. es la mejor ideología para los criollos, debe estar precedido por una interrogante aún más vital: ¿Seguirán existiendo los criollos? Y es que de nada sirve desarrollar los más impecables argumentos a favor de una ideología y en contra de las demás, o proponer la creación del más perfecto programa político para aplicar, si el pueblo que se supone que debe llevarlo a cabo no existe, o está pronto a extinguirse.

Eso es reflexionar desde un punto de vista identitario.

Pero aún en caso de que las ideologías guardasen el sentido y diferenciación clara que en un principio tuvieron, es necesario realizar un cambio en la forma en que éstas son valoradas y discriminadas, abandonando lo accesorio y desplazando el foco hacia otras temáticas, aquellas que efectivamente significan la vida o muerte del propio pueblo. Por ejemplo, en el escenario actual, la opinión sobre la legitimidad del Estado como forma de organización, la justicia subyacente a la propiedad privada, o la idoneidad de la democracia representativa como forma de gobierno, son cuestiones accesorias que en primera instancia no determinan la continuidad bio-psico-cultural de los pueblos. Los debates sobre estos temas parten de la base de que las necesidades básicas de un pueblo para subsistir ya han sido satisfechas, y que por tanto, su existencia está asegurada. Por esto, lo que a la luz de una u otra ideología se afirme sobre estos temas no dicen relación con la existencia del pueblo, sino sobre cómo éste existirá.

Muy distinto, en cambio, es lo que ocurre con otros temas que sí definen la continuidad vital de los pueblos, como las posturas sobre el individualismo burgués, la destrucción medioambiental de la patria local, la promoción de conflictos armados intra-raciales, la afirmación de la igualdad humana, la mezcla racial, el multiculturalismo, la inmigración y asimilación de población racialmente extranjera, entre otros. Muchos terceroposicionistas afirmarán que todo lo anterior es promovido por las personas que siguen las ideologías “del Sistema”, y que por tanto, todo aquel declare su afinidad por alguna de éstas debiese ser considerado enemigo de la existencia de los pueblos. Eso sería correcto si las personas fueran zombies mecánicos, programados ideológicamente para repetir un único discurso estandarizado. Pero si superamos por un momento la básica deshumanización del adversario con que nos han acostumbrado desde el primer Cristianismo para destruir sin antes comprender, nos daremos cuenta de que las personas rara vez comparten todo lo que supuestamente deberían apoyar según su etiqueta ideológica, y que incluso muchas veces pugnan sustancialmente con las ideas que uno esperaría que defendieran.

Y conviene reiterarlo: las etiquetas ideológicas ya poco nos dicen sobre las personas, son sus principios, objetivos, y más importante aún, su proceder, lo que más fielmente las definen. Pero en el contexto actual, en que la existencia de los pueblos está en entredicho, no cualquier principio, objetivo o conducta es relevante para identificar a una persona como amiga o enemiga, sino que aquellas que digan relación directa con la continuidad bio-psico-cultural de la propia Identidad.

Por ejemplo: una persona de raza blanca se define nacionalsocialista, pero celebra y promueve el mestizaje de su propio pueblo ¿es realmente nacionalsocialista? Otra persona de raza blanca se define anarquista, pero promueve la segregación y solidaridad intra-racial europea ¿es realmente anarquista? ¿Qué nos dice más: la etiqueta ideológica, o su comportamiento? ¿Cuál sujeto es más consecuente con la preservación de su propio pueblo y de los demás?

Por lo tanto, la segunda distinción (esta vez entre criollos) a que se hizo alusión en el primer párrafo de este texto, es de carácter ideológico. Por desgracia, esta vez las hoces y martillos, esvásticas, fascios littorios, y banderas roji-negras no nos servirán, pues de lo único que dan fe, es de una preferencia por algún detalle estético.

Esta vez tendremos que concentrarnos en nuevos ejes de reflexión, nuevos estándares para la determinación entre amigos y enemigos en estos nuevos y extraños tiempos; debemos desprendernos de ciertos prejuicios heredados por nuestros predecesores ideológicos, y si es necesario, crear otros nuevos hacia quienes contradigan la continuidad identitaria del propio pueblo.

El Siglo de las ideologías ha quedado atrás. Hoy asistimos al comienzo del Siglo de las Identidades. En el próximo conflicto, ante la pregunta sobre quiénes son amigos, y quiénes no, sólo ellas tendrán la última palabra. Porque la sangre que generó a las Identidades es más espesa que la tinta con que se escribieron las Ideologías.

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