Confesiones de un patriota odioso, pt. 2

Confesiones de un patriota odioso, pt. 2

Contra sus mentiras | Autor: | 18.9.2015

Sin importar qué se celebra realmente el 18 de Septiembre en Chile, se acostumbra a sintetizar en una sola fecha un montón de eventos que ocurrieron incluso después de 1810, e interpretarlos todos como la Independencia de Chile, que viene a ser algo así como ir al Registro Civil a registrar a un niño después del nacimiento. A veces se les inscribe muy tarde, cuando algunos ya saben caminar. A otros se les inscribe muy pronto, y a otros, como Chile, se les inscribe antes de que nazcan. Por esta razón, la idea de “independencia” es un tanto conflictiva y poco comprendida (los del discurso típico de que aún somos dependientes de España debido a que “son dueños del agua y la energía”, abstenerse: el capital no tiene patria).

El motivo por el cual abordo esta fecha como la Independencia de Chile y no como la Primera Junta de Gobierno, es sencillamente por la idea que despierta en la mente de las personas al escuchar “18 de Septiembre”. Aunque, también, hay otros que sólo forman en su mente una mezcla de ideas de alcohol y comida a destajo, y dos días para fermentar. La reunión de unos cuantos burgueses letrados, libertarios y educados se traduce hoy en una vulgar oportunidad para vicios patacheros que podría ser aprovechada durante cualquier fin de semana, pero como la gente necesita excusas para sus celebraciones vernáculas, esperan con ansias la llegada de las fiestas patrias.

El 18 de Septiembre/Primera Junta/Independencia, como símbolo, tiene importancia multiversal, pues, además de la importancia vulgar y vacía de ser “una excusa para carretear” como cualquier otra, es también una fecha-símbolo que marca la consolidación de algo positivo para unos y algo negativo para otros.

La nación-idea – que no se independizó un 18 de Septiembre, eso está claro – que nace a partir de los pensamientos e idealismos de unos liberales de familias blancas y aristocráticas, ha pasado a ser impuesta sobre grupos que poco y nada tienen que ver con dichos ideales (ni con las personas que los imaginaron) y también ha pasado a ser abrazada por las masas mixtas. Si se le pregunta a un mapuche, que por un papel escrito por manos humanas (la Constitución) es tan chileno como un descendiente de europeos que pudieron haber tenido participación directa en la Primera Junta de Gobierno y luego estar en una constante tensión con el mapuche antes mencionado, qué significan para él las fiestas patrias, probablemente su respuesta diste bastante de la respuesta de un saco de órganos hedonista/tercermundista que no tenga mayor opinión sobre el mundo en el que vive y el tiempo en el cual está respirando.

Particularmente, y como ya lo dije en “Confesiones de un patriota odioso”, en dicha época hubiera estado a favor de un libertarismo económico e independentismo jurídico que poco y nada tiene que ver con empanadas (aunque me gustan, y con merkén, así que, además, peco de multiculturalista), cuecas (asco) o chicha. Sin embargo, pisoteando la suave y dulce cobertura de chocolate idealista que cubre una amarga realidad, mi sueño libertario e independentista desgraciadamente sólo tenía que haber sido válido para personas semejantes a mí: primeramente, porque es injusto imponer una visión del mundo a quien no necesariamente quiere acogerse a ella ni abrazarla y, en segundo lugar, porque pueblos que no comparten una misma visión del mundo, difícilmente podrían “remar para un mismo lado”, que es lo que ha sucedido históricamente en Chile. Peor aún, la negación de la identidad étnica en favor de una exacerbada identidad individual, y sin olvidar a todos aquéllos que, por situaciones que son ajenas a su propia voluntad (puesto que ellos no son responsables de las elecciones que ocurrieron antes de su concepción), poseen una mixtura de pueblos que les impide identificarse con un proyecto en particular, y terminan defendiendo, casi con odio, proyectos que sólo pueden surgir en las mentes de algunos idealistas/totalitaristas que son todo menos mixtos.

En retrospectiva, ratifico todos los puntos tratados en la Primera Junta de Gobierno, puntos que eran atinentes a mi gente, es decir, a mis semejantes. El problema mayúsculo surge a partir de las mejores intenciones: cuando el amor patrio, ese apego a un lugar, a un suelo, que trasciende lo racional y es una cuestión sentimental se concreta – al nublarse la mente con buenos sentimientos y una visión distorsionada de la realidad – como una terrible prisión llena de bondad y buenos deseos ideologizada bajo un nacionalismo agresor-tierno, capaz de abrazar a un delicado y lindo cachorrito hasta reventarlo de tanto amor. ¿Buenas intenciones? Sin duda, pero eso no alivia la asfixia del pequeño animalito.

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