Las cosas son así, mi amor, a veces nos causan dolor

Las cosas son así, mi amor, a veces nos causan dolor

Contra sus mentiras | 29.3.2024

Seamos brutalmente honestos: hasta hace no tantos días, el país perfectamente podía ser dividido en tres fracciones: una de personas que desconocen cuál es la tendencia política, un grupo de personas que les importa realmente un bledo la opción política de Pablo Herrera, y finalmente el conglomerado compuesto por aquéllos que no tienen idea quién es Pablo Herrera porque, sin exagerar demasiado, la última vez que supimos de su existencia él llevaba el pelo negro.

Ahora, de un momento a otro, Pablo Herrera se ha ubicado en la palestra aunque por asuntos totalmente ajenos a su principal actividad (y por la cual lo conocemos), que es su rol de cantante. A diferencia del caso del cantante Alberto Plaza, quien debido a sus opiniones políticas comenzó a ser ridiculizado, acosado por RR.SS. y memeado por sectores afines a la izquierda comunista y frenteamplista, el caso de Pablo Herrera, aunque fuertemente criticado por algunas agrupaciones de inmigrantes, ha levantado un polvo mayormente favorable al cantante.

Según relata La Tercera:

En charla con el programa Expresso PM de Radio BioBío, Herrera relató una experiencia sobre ir a comer al Mercado Central y los alrededores de La Vega. Allí descargó algunas observaciones. “El domingo fuimos a almorzar al Mercado Central, se come exquisito, Barato. Los alrededores de la Vega son un asco, un asco. Tienen hecho mierda todos y otra vez los extranjeros, especialmente los haitianos, que venden unos pollos rellenos con no sé qué huevadas que nadie compra porque trajeron esa cultura de mierda. Tú te tienes que encerrar a comer adentro”.

Las palabras de Herrera –que de insólitas como apuntó Cooperativa, no tienen mucho– no logran sorprender a nadie sino que todo lo contrario: verbalizan y posicionan en la opinión pública un sentir ampliamente compartido por la ciudadanía, especialmente el grupo etario más boomer. Este grupo no es exclusivamente de izquierdas ni de derechas, aunque hay un sentimiento transversalmente característico, y es el de la nostalgia. Esta nostalgia habla de bonanza, orden y bienestar, y aunque las masas frenteamplistas y hasta octubristas quieran refutar esta nostalgia diciendo que el país siempre ha estado mal (ya sea porque había discriminación, desigualdad, falta de salud mental o cualquiera de los argumentos que puedan éstos utilizar), la percepción de esta fracción boomer, que no es necesariamente fachopobre, tiende a ver la situación actual del país como algo absolutamente mejorable a través de la erradicación de los elementos que provocan que las cosas estén mal en lo inmediato. Por supuesto que las causas de la situación actual son múltiples y van mucho más allá de «son los extranjeros», pero también debe asumirse que el grueso de la población no es cientista social, por lo que su análisis será algo escueto y superficial y su percepción y respuesta serán viscerales.

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Y hablando de boomers. Hace unos dos o tres días la administración del mercado de Lo Valledor tomó la decisión de exigir la cédula de identidad chilena para entrar al recinto, como una medida para evitar delitos y hechos violentos en sus dependencias. Por supuesto que esta medida no hará desaparecer la delincuencia puesto que los «lanzas» locales seguirán operando, pero habla de una desagradable realidad de la que aquéllos que se están haciendo cargo no parecen ser lo suficientemente efectivos, y mucho menos eficientes. Existe delincuencia, existe inmigración, y también existe delincuencia relacionada con la migración. El tema es algo incómodo porque de inmediato provoca reacciones tanto de quienes se ven aludidos por su realidad inmigrante, así como de los apologistas de la inmigración que muestran indicadores donde se demuestra que la mayor parte de los crímenes son cometidos por la población local y que, por tanto, Chile duele mucho y que debe acabarse.

No es necesario hacer tanto escándalo por el tema, al menos, no el escándalo que supone para cierta izquierda y liberalismo igualitario y progresista que parecen ver en estas actitudes un surgimiento de alguna especie de sentimiento ultraderechista que podría desembocar en campos de concentración y genocidios. Lo cierto es que hay relativamente pocas neuronas invertidas en la aversión a la criminalidad foránea. Los discursos no han cambiado prácticamente nada: no hay problemas con la inmigración legal, no hay problemas con que vengan mientras no vengan a delinquir, que el que entre al país debe tener sus papeles en regla y respetar las leyes, etc., en fin, un montón de medidas superficiales y que invisibilizan e ignoran absolutamente el papel de la identidad, que no cuestionan el ius soli y que apelan a una visión reduccionista y pobre propia de todo ese discurso de ser buenos chilenos, es decir, y según los resultados de una encuesta CEP, respetar las instituciones políticas y las leyes chilenas. Así de vacío es todo este asunto.

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