Entre raza y clase social:  Hacia la etnogénesis criolla (parte 2 de 3)

Entre raza y clase social: Hacia la etnogénesis criolla (parte 2 de 3)

Textos » Documentos FN-I | Autor: | 29.4.2015

Extensión: 4.867 palabras

 

ÍNDICE:

  1. LAS ETNIAS.
  2. LA MEZCLA INTER-ÉTNICA EN LA ETNOGÉNESIS
  3. ESTRATEGIAS DE PRESERVACIÓN ÉTNICA Y RACIAL
  4. LOS CRIOLLOS Y SU ETNICIDAD.
  5. RAZA Y CLASE SOCIAL.
  6. PARADOJAS DEL ANTI-CLASISMO EN CHILE.
  7. EFECTOS NEGATIVOS DEL CLASISMO EN LOS CRIOLLOS.
  8. LOS OTROS CRIOLLOS.
  9. LA GRAN VICTORIA DE LOS CRIOLLOS. REFLEXIONES FINALES.

 

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Efectos del clasismo

 a. Efecto racial y de hegemonía

En Chile, tanto antes como después de la Independencia la clase dirigente fue siempre de origen europeo: primero españoles y luego criollos. Con el tiempo se pudo apreciar cómo los principios ilustrados que impulsaron a estos criollos a fundar la República, a negar la diversidad humana existente, y a redefinirse como “chilenos”, fueron dejados de lado por ellos mismos de una manera muy sutil. Es cierto, no hubo separatismo ni supremacismo blanco, pero sí una clase social dominante de origen europeo que desde un comienzo marcó la diferencia entre “Ellos” y “Nosotros”.

A los ojos del Liberalismo, elementos como la raza, etnia, linaje, tradiciones, y similares, son imposiciones que limitan la libertad del individuo. El individuo, en cuanto ser racional, es capaz de autodeterminarse y dirigirse por su propia voluntad hacia la consecución de la felicidad. Para el Liberalismo, las únicas diferenciaciones humanas legítimas son aquellas que son producto de la razón y la voluntad humanas libremente determinadas, entre las que se encuentra el éxito económico. En ese sentido, el Liberalismo fue meritocrático, pues no sólo toleró, sino que promovió que aquellos con mejor éxito económico pudieran acumular riqueza, ascender, y perpetuarse en sus posiciones sociales.

Esta concepción liberal, unida al desinterés de los criollos por reivindicar su identidad heredera del pasado hispánico, formó parte del contexto en que surgió la República y la nacionalidad chilena. Así, los criollos se encontraron con que existía una manera liberalmente legítima para segregarse dentro del nuevo contexto social pretendidamente unitario: el Liberalismo veía con buenos ojos que hubiera separación social basada en el éxito económico, y por casualidades del destino, se dio que el grupo de mayor éxito económico en Chile coincidía con el de los criollos.

¿Pero por qué se segregarían los criollos, si fueron ellos mismos quienes promovieron ideas, ensayos constitucionales y un modelo político que igualaba a todos los seres humanos y los declaraba simplemente “chilenos”?

No deja de llamar la atención que en Chile existiera una importante coindidencia (aunque no absoluta, como veremos después) entre la clase alta y un específico origen racial. Da la impresión de que la centenaria convivencia colonial entre criollos, mestizos e indígenas, y posteriormente durante la República, permitió un reconocimiento recíproco de las personalidades de cada población, generando así estereotipos que, a pesar de carecer de rigurosidad y simplificar la realidad, permitieron una aproximación al comportamiento de estos tipos humanos. Esta aproximación al “otro” (que no ocurrió en otro contexto que el de una dominación de varios siglos), permitió comprender a los criollos que los mestizos e indígenas no eran sus pares. Al otro lado del océano, la Iglesia Católica y las autoridades imperiales españolas podían en nombre de Dios o del Rey darse el lujo de elaborar cualquier concepción igualitaria en favor de su hegemonía sobre los súbditos; los españoles y misioneros recién llegados podían tragar, escribir, y predicar dichas concepciones a lo largo de las Américas con total desconocimiento de la realidad humana efectiva; e incluso los más convencidos políticos ilustrados de la época podían dar la espalda a Dios y al Rey y declarar la igualdad de los hombres a la luz de la razón humana, pero ninguno de estos hechos pudo alguna vez remover la noción, profundamente arraigada tras años de observación y convivencia multirracial, de que la naturaleza de los tipos humanos mestizos e indígenas era ajena a la de los criollos.

La República negó las distinciones raciales a nivel oficial, pero la Ilustración francesa, el odio a España incentivado por Inglaterra, y ni siquiera la desafortunada administración por parte de la metropoli, impidieron que los instintos raciales criollos se manifestaran mediante un nuevo racismo, sólo que ésta vez expresado mediante claves y procesos clasistas.

Sin duda la chilenidad pudo verse como una declaración idealista y novedosa en el papel, pero en la práctica, los criollos no tenían el más mínimo interés en fundirse con “el pueblo chileno”; es más, pretendían conservar sus posiciones de influencia política, jurídica, militar, económica, social y religiosa heredadas de la colonia, y de paso marcar una sólida frontera con el bajo pueblo indo-mestizo. Ya no era posible culpar a la Corona o a los representantes peninsulares de la desigualdad en Chile, porque era desde el interior de la sociedad chilena que emergía un deseo de no mezclarse con la mayoría de sus habitantes, pero al mismo tiempo controlar la República y dirigirla según sus ideas ilustradas: dominar todo lo del pueblo, pero sin el pueblo. Desde entonces, y hasta el día de hoy, lo que tenemos son “dos Chiles” diferentes.

 Imágenes representativas del Chile criollo, principalmente concentrado en la clase alta de la sociedad.

Imágenes representativas del Chile indo-mestizo, principalmente concentrado en la clases media y baja de la sociedad.

Lejos de ser un fenómeno propio de siglos pasados, estas clases sociales se proyectan hasta el día de hoy, siendo más evidentes que nunca. Las expresiones raciales de la Naturaleza fueron reprimidas, y ésta adoptó causes que hoy revisten un carácter desagradable y de inherente injusticia, pues la saludable solidaridad racial e intra-étnica, en la sociedad chilena fue forzada a adoptar la forma del clasismo nepotista más explícito y despótico.

Como es de suponer, un clasismo tan fuertemente asentado significó condiciones de vida diferentes para los tipos humanos propios de cada clase, sin embargo, reducir las particularidades en el comportamiento solamente al acceso y calidad de la educación, o el orden, limpieza y estética de sus respectivos entornos únicamente a recursos económicos, es un razonamiento que adolece de vicios propios de la Modernidad (racionalismo y materialismo), y que, obsesionándose por encontrar causas en abstracciones teóricas y materia inerte, ignoran el impacto del espíritu y la materia viva (léase, genes y raza) en el ser humano y sus sociedades. En otras palabras, es cierto que el clasismo impulsado por los criollos condujo a la segregación respecto de mestizos e indígenas, pero las sociedades que a partir de entonces cada grupo creó tras dicha separación no son sólo consecuencia de privaciones económicas y educacionales, sino que también de factores bio-psíquicos, y más exactamente del bagaje genético de los autores de dichas sociedades.

Para ejemplificar la realidad de esta segregadora mentalidad y realidad clasista, con sus indirectas implicancias raciales, pueden considerarse dos indicadores:

   a.1. Indicadores en el lenguaje

El lenguaje popular es un indicador bastante útil para reconocer las tendencias y tipo de discriminación presentes en una sociedad. En países como Estados Unidos[1], donde el racismo ha destacado por sobre el clasismo, es posible apreciar que un amplio espectro de epítetos con elementos raciales sobreviven en el lenguaje popular, surgidos no sólo para designar a blancos (Hillbilly, Cracker, White Trash, Redneck) y negros (Nigger, Cotton Picker, Jigaboo, Spook) sino que también a nuevos grupos de inmigrantes, basándose no solamente en la raza, sino que incluso en la etnia. Esta creatividad popular no se expresó de manera equivalente en un sentido clasista, por lo que al mismo tiempo, destaca que en la sociedad estadounidense exista una escasez de epítetos de este carácter.

En Chile, en cambio, no se crearon insultos raciales. Esto no significa que no se haya insultado a personas blancas, mestizas o indígenas al interior de la sociedad chilena, sino que nunca se elaboraron palabras nuevas y específicas alusivas a estereotipos de grupos raciales. A pesar de la alta diversidad presente en Chile, el meme ilustrado de que “todos somos mestizos” marcó a fuego el subconsciente de los habitantes de Chile con la idea de igualdad racial. A lo sumo se han visto débiles intentos contemporáneos por copiar epítetos racistas provenientes de otros países, pero sin elaborar otros de origen local. Por otro lado, la ausencia de éstos contrasta con la existencia de otros de carácter clasista, que se han empleado constantemente en distintos momentos de la historia de Chile. Así, entre las expresiones con alusiones clasistas, para gente de clase alta, se encuentran cuico, pituco, paltón, y pelolais, mientras que para las clases bajas se ha empleado cuma, rasca, roto, y flaite. De una manera directa o indirecta, estas palabras han surgido para referirse a cuestiones consideradas relevantes dentro de la sociedad, como el aspecto y origen social de personas, situaciones, o cosas. A su vez, la indiferencia de la sociedad chilena hacia la realidad racial ha vuelto innecesario la creación de palabras equivalentes en esta materia.

A la luz de las ideas de De Benoist, el efecto de estas categorizaciones y la presencia del “otro” en la formación de la identidad queda aún más claro:

Para averiguar quién soy, primero tengo que saber dónde estoy. Como Merleau-Ponty reconoció, el cuerpo es una síntesis de cuerpo y entorno. (…)La completa definición de la identidad de un individuo necesariamente incluye su contexto vital, el espacio que comparte con otros, porque él se definirá a sí mismo de acuerdo con la percepción que tiene él tiene de esto. El grupo siempre transfiere una parte de su identidad al individuo mediante el lenguaje y las instituciones. Es imposible definir un Yo o un Nosotros sin referirse a otro que al Yo o al Nosotros.

“Yo” implica existencia, pero no es suficiente para ser una identidad. Por supuesto, identidad es lo que da significado a la existencia, pero, ya que la existencia nunca es puramente individual, la pregunta por la identidad necesariamente toma una dimensión social. (…) La identidad no es creada sólo en conexión con el sujeto, sino que también con la identidad de otros[2].

Lo dicho no puede llevarnos a confundir el valor de la raza y de la clase social. La raza es una división de la especie humana surgida del devenir vital del hombre en interacción con el medio, y por tanto, es una consecuencia de la Naturaleza manifestada millones de años antes del surgimiento de las estratificaciones de clase dentro de una sociedad. Las clases sociales son divisiones artificiales, producto de relaciones económicas y de poder al interior de los grupos humanos. La clase social, por tanto, es posterior e inferior a la raza en cuanto criterio de división humana. Este criterio, aún cuando basado en cuestiones artificiales, en Chile coincide con divisiones naturales y reales, más específicamente, raciales.

   a.2. Indicadores en el estudio de la lucha de clases.

Tanto en Chile como en Iberoamérica no existen obras que analicen los roles, obras e historia de las poblaciones locales desde un punto de vista racial, como sí se ha hecho en la historiografía de otras ex colonias europeas como Canadá o Estados Unidos. Sin embargo, existe una muy nutrida bibliografía, principalmente marxista, que estudia roles, obras e historia en Iberoamérica desde un punto de vista clasista. Bien es sabido que el Marxismo (como ideología surgida de la Modernidad) es contrario al reconocimiento de las razas humanas, sin embargo, lo que de manera accidental ha permitido esta interpretación clasista de la historia en las Américas, es un análisis indirecto del fenómeno racial. Indirecto, puesto que si bien el Marxismo no plantea explícitamente la existencia de grupos y conflictos raciales, sí lo hace respecto de las clases sociales, y cuando las clases sociales coinciden mayoritariamente con específicos grupos raciales, podemos concluir que existe una convergencia de ambos fenómenos; así, las fuentes de información de uno permiten aproximarse a lo que históricamente ha ocurrido con el otro.

Lógicamente, el sesgo marxista es un elemento con el que debe tenerse cuidado a la hora de analizar investigaciones de tales autores. No se trata de fundamentar una visión identitaria criolla recurriendo al Marxismo, sino que de comprender que, en ausencia de investigaciones raciales en Chile (por la negación institucionalizada de esta realidad a partir de la Independencia) la historiografía que algunos autores (principalmente marxistas) han ofrecido sobre la lucha de clases en Chile y las Américas, da cuenta indirectamente sobre dos realidades que se han ignorado deliberadamente: 1) que a pesar del fracasado intento de unidad chilena las razas todavía existen; y 2) que la convivencia de estas razas ha sido históricamente conflictiva. La negación racial forzó a que el conflicto adoptara un cause clasista; porque no es que las clases sociales se hayan vuelto racistas, sino que fueron distintas razas las que pasaron a posicionarse al interior de clases sociales diferentes.

En Chile, el clasismo tuvo el efecto de segregar razas en nombre de las clases sociales, al punto de que éste poco se ha diferenciado de lo que habría sido una política conciente de segregación racial. En teoría, los criollos se definieron al igual que el resto de la población: como chilenos; pero en la práctica, los criollos se segregaron del resto conforme a criterios clasistas, definiéndose en los hechos como de clase alta o burguesa. La autoconciencia étnica nuevamente quedaba impedida de surgir – la Identidad criolla otra vez era la gran perdedora – siendo desplazada por la conciencia de clase burguesa. No obstante, debido a que los márgenes de clase coincidían sustancialmente con los márgenes raciales, la segregación clasista permitió que la raza blanca pudiera al mismo tiempo ser preservada. Las circunstancias históricas y sociales impulsaban a que, desde el punto de vista racial, los criollos burgueses hicieran lo correcto, pero por las razones equivocadas.

b. Efecto cultural

Si bien a partir de la llegada de los conquistadores se apreció un progresivo fortalecimiento de paradigmas culturales españoles, a lo largo del Siglo XIX este proceso adquirió matices mucho más extremos. En el contexto de máximo esplendor que en Europa alcanzaba la aplicación de las ideas liberales, el europeo se volvía sinónimo de conocimiento y civilización, mientras que el indígena pasaba a ser tenido por salvaje y atrasado. Era el inicio de una concepción eurocéntrica que perdurará hasta el día de hoy, no basada en las raíces étnicas, raciales, culturales y espirituales de la raza blanca, sino que en su valor como mera generadora y portadora de progreso material.

Una mentalidad de este tipo no conduciría necesariamente a problemas internos en una Nación europea, pero el resultado es distinto cuando ésta se verifica en una sociedad donde la mayoría de su población, parcial o totalmente, desciende de pueblos indígenas.

La discriminación y ridiculización que desde centros de influencia se hizo de los elementos indígenas (como apellidos, costumbres, vestimentas, idioma, y hasta el aspecto físico), forzó a que mestizos e indígenas paulatinamente fueran ocultando sus raíces, mientras adoptaban elementos europeos para identificarse. Los descendientes de los conquistados pasaban a rendirse ante la cultura de sus conquistadores, de sus amos, y a servirse masoquistamente de códigos culturales que los obligarían a ubicarse siempre por debajo de otros.

Cuando el bajo pueblo aceptó servirse de los códigos culturales europeos, se condenó a sí mismo a una vida de frustración, resentimiento y obsesión por alcanzar el estado de aquellos que habían creado dichos códigos, que eran realmente los únicos a los que les hacía real sentido ocuparlos. Comenzaba la ridícula competencia por el blanqueamiento artificial, mediante mentiras sobre los propios orígenes (descender de “algún europeo” o criollo destacado), o la sobrevaloración de cuestiones insignificantes (apellidos, color de cabello en la infancia, etc.). Pero aunque parezca lo contrario, este interés por encontrar y demostrar orígenes europeos nunca ha tenido por finalidad una identificación sincera con las etnias y tradiciones del Viejo Continente, sino que simplemente ganar prestigio fácil en una sociedad clasista donde la clase alta es de origen europeo; para el bajo pueblo de Chile, los elementos culturales y raciales europeos se convirtieron en maquillaje y ornamenta social, un parafernálico disfraz[3] para mostrarse como algo diferente a lo que se es: un verdadero tributo a sus amos blancos[4]. Se trata de travestis raciales, mestizofrénicos, o simplemente, mestizos e indígenas culturalmente colonizados.

La identificación que la población no-blanca de Chile siente con la imagen europea se aprecia de manera explícita en la publicidad comercial. No debe existir ningún fenómeno más pragmático y menos ideológico que el mercado actual: éste decide, hace y deshace según las utilidades que obtenga. Este mercado, independiente del producto, rechaza adaptarse a estándares ideológicos, religiosos o morales de cualquier índole, lo cual sería una carga que limitaría las estrategias para la obtención de ganancias. Éste simplemente vende de la forma que más le resulte conveniente. Si la publicidad actual se sirve casi exclusivamente de hombres, mujeres y familias completas de raza blanca, no lo hace porque sus autores tengan ideas racistas, nazis o eugenésicas, sino que simplemente porque es el tipo humano con que las personas de Chile se sienten más identificadas, y que por tanto, las invita a confiar y comprar más. Invito al lector a que haga la prueba mirando con detención spots publicitarios, revistas, periódicos, gigantografías, y hasta los maniquíes de las tiendas (donde por más que los pinten de gris, dorado, o cualquier otro color, los rasgos delatan un fenotipo no sólo blanco, sino que incluso nórdico) pues en un país como Chile, donde no existen leyes de cuota que obliguen a incluir a personas de otras razas en la publicidad, lo que se hace es usar simplemente el enganche que más venda, y de paso, dejar al descubierto la identificación racial de la sociedad chilena.

¿Ley de cuotas? Las pelotas.

 

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“Compra, indio de mierda”.

 

No tendrá edad, pero al parecer sí tiene raza.

Como en todo país sujeto a los avatares de la globalización, esta tendencia cultural pro-europea está comenzando lentamente a cambiar, principalmente por la intención política de complacer a un electorado cada vez más multirracial, pero su arraigo en las personas no-blancas aún sigue sólido y generando los mismos efectos sociales.

c. Efecto paneuropeo

Otro interesante efecto racial del clasismo fue su carácter paneuropeo. Conforme pasaron las primeras décadas de vida política independiente, a Chile comenzaron a arribar poblaciones provenientes de distintos lugares de Europa. La clase alta criolla, descendiente principalmente de castellanos, vascos, y otras etnias nativas de la Península Ibérica, fue testigo de la llegada de inmigrantes de origen diverso, pero que provenían del mismo tronco racial europeo que ellos (en un comienzo, ingleses y franceses, atraídos al puerto de Valparaíso por razones comerciales). A diferencia de lo ocurrido en países como Estados Unidos, donde los descendientes de los primeros colonos británicos desplegaron xenofobia, violencia y humillaciones contra inmigrantes blancos de origen étnico diverso (principalmente contra irlandeses, pero también polacos, italianos y griegos), Chile fue un país donde los eurodescendientes convivieron entre sí sin tener mayores conflictos, ni continuaron las pugnas inter-étnicas nacidas del Viejo Continente.

Pero todo esto no fue accidental.

Desde la perspectiva materialista y racionalista de la clase alta criolla, el progreso científico, industrial, y tecnológico que experimentaba Europa, conforme avanzaba el siglo XIX, eran signos de superioridad, éxito, y el camino necesario para alcanzar la felicidad terrenal. Los gobiernos criollos comprendieron que para tener resultados económicos y sociales equivalentes a los de Europa, no bastaba con imitar sus constituciones políticas ni replicar sus ideologías, sino que también era necesario contar con el tipo humano que allá las ponía en práctica. Sin que esto rompiera su identificación clasista ni con la nacionalidad chilena – los dos distractores de su Identidad real –, las decisiones políticas en materia de inmigración[5] demostrarían que los criollos sabían que para alcanzar sus objetivos ilustrados, no era suficiente “la razón”, sino que era necesario también el cuerpo que la albergaba: la raza.

Así es como el 10 de Abril de 1824 se crea la primera ley de inmigración orientada a regular el asentamiento de extranjeros – la primera de numerosas que se continuarían produciendo más de 100 años después –, a los que se les ofrecía terrenos, exenciones de impuestos, y liberación de las cargas militares, entre otros privilegios. En 1845, otra ley vino a fortalecer esta tendencia, pero esta vez estableciendo como objetivo específico la llegada de inmigrantes. A partir de entonces, una importante política de Estado sería promover la llegada de europeos para establecerlos en territorios chilenos que no estaban siendo debidamente aprovechados. Para este objetivo no se empleó a indígenas, mestizos, ni a criollos, se quería gentes provenientes de Europa, y más específicamente de la zona central y norte de dicho continente.

Como consecuencia de dicha legislación, se comisionó a Bernardo Philippi, y luego a Vicente Pérez Rosales, para traer colonos desde Alemania; por su parte, a Eugenio Macnamara se le encargó atraer familias irlandesas, sin perjuicio de que no siempre los flujos migratorios fueran los que las autoridades esperaban.

En 1864 el gobierno encargó a una comisión la elaboración de nuevas fórmulas para promover la inmigración europea. En este contexto, el diputado Benjamín Vicuña Mackenna, de fuertes convicciones liberales, redacta “Bases del Informe presentado al Supremo Gobierno sobre la Inmigración Extranjera por la Comisión Especial nombrada con este objeto”, donde se ofrecía un ranking de los mejores colonos en los procesos de inmigración hasta la fecha, y dónde se evaluaba capacidad, carácter y resultados tras su asentamiento en Chile. Dicho ranking estaba encabezado por los alemanes, a los que se refiere en los siguientes términos (el destacado es nuestro):

“por su carácter, sus hábitos, su propensión natural a la sociabilidad y a la asimilación de las razas, era la más adecuada para entremezclarse con la nuestra y contribuir a su regeneración por este medio y por los ejemplos saludables de la vida práctica”[6].

Si el diputado Mackenna en un documento oficial del Estado felicitaba a los alemanes por su propensión a la asimilación de las razas[7], y de paso afirmaba la necesidad de regenerar a los chilenos, partía entonces de la base de que “algo” en los chilenos se encontraba dañado o degenerado. Difícilmente Mackenna habría expuesto tales ideas de haber sido el único en afirmarlas entre la clase alta criolla, por lo que podemos suponer que en sus círculos era compartida la idea de que el pueblo chileno – el pueblo mestizo de Chile – tenía una calidad racial inferior, y que una de las maneras para ayudarlo a corregirse era promover la inmigración de europeos que renovaran su aporte racial europeo, y en lo posible, terminaran por desplazarlo; una estrategia parecida a la que los gobiernos de Europa hoy en día siguen con la inmigración no-blanca de reemplazo. Si bien es más que cuestionable la idea de corregir el mestizaje mediante más mezcla racial, puede claramente advertirse la intención detrás de estas declaraciones que, lejos de representar una visión aislada, eran descriptivas de toda una política de Estado que se siguió en Chile recién alcanzada la Independencia, y fuertemente a lo largo de todo el Siglo XIX.

Estos nuevos inmigrantes europeos, a pesar de que la mayoría no contaba con una destacada formación académica, recursos económicos, ni mucho menos influencia política o social, fueron bienvenidos por la clase alta criolla, que los asimiló rápidamente como parte de su exclusivo grupo. Esta tendencia permitió la importación de nuevos apellidos y culturas, pero lo más importante, una renovación de los flujos raciales europeos en Chile, que de haber dependido estrictamente de la natalidad y endogamia de los primeros hispano-criollos, no habrían logrado sobrevivir hasta nuestros días. Las etnias ibéricas dieron al criollo su Ser, pero fueron otras etnias europeas las que le permitieron continuar siendo.

En otras palabras, el criterio que utilizó la clase alta criolla para tratar a los nuevos inmigrantes europeos no fue clasista (pues al haber sido en su mayoría pobres, los habría marginado al igual que al resto de la población), sino que racial. Esta cálida acogida a los inmigrantes europeos contrastaba trágicamente con el trato que se le daba a las poblaciones mestizas e indígenas, que aún tras haber vivido siglos en el mismo suelo y trabajado de manera esforzada por numerosas generaciones, jamás podrían aspirar a recibir los beneficios que se otorgaban a los nuevos inmigrantes europeos, ni ascender socialmente para ser considerados como pares por la clase alta criolla. De este modo, los burgueses criollos, en nombre de sus intereses de clase, tenían sus puertas abiertas y cerradas: abiertas para los inmigrantes europeos, y cerradas para el resto de la población local.

  1. Paradojas del anti-clasismo en Chile

Desde la perspectiva de los movimientos nacionales europeos de primera mitad del Siglo XX – entre los que podemos contar principalmente al Fascismo y al Nacionalsocialismo – el clasismo fue considerado como un fenómeno negativo, que motivaba el desarrollo de egoísmo clasista, segregación, y que conducía al desangramiento y debilitamiento interno de los pueblos de Europa. La propuesta para corregir el clasismo fue el socialismo no-marxista, que tendía a la creación de condiciones que incentivaran la reciprocidad y convergencia de intereses sociales, bajo la premisa de situar el bien común por sobre el particular.

El éxito político de dichos movimientos se hizo sentir en Chile y el resto de las Américas, por lo que rápidamente aparecieron adherentes a dichas ideas y proyectos locales inspirados en aquellos. El optimismo generado por sus buenos resultados en Europa, condujo a que se replicaran postulados sin reflexionar mayormente sobre la relación de coherencia necesaria entre las ideas y la realidad local de Chile; esto fue lo que ocurrió, además de con otras ideas, respecto de la tendencia anti-clasista y socialista no-marxista.

El clasismo es un fenómeno social arracial, esto significa que en sí mismo, el clasismo no encierra el germen de la preservación ni de la destrucción de las razas, sino que variará en sus consecuencias dependiendo del contexto. En naciones europeas – y me atrevería a decir que en cualquier Nación verdadera –, la causa anti-clasista y el socialismo no-marxista son efectivamente necesarios para conseguir la superación de las luchas internas, y la unidad entre pares nacionales. En cambio, en Chile, el clasismo no divide a una misma Nación, sino que mantiene separados a tipos humanos de Identidades diferentes, cada uno con su propio potencial nacional; por otro lado, un proyecto socialista no-marxista jamás podría tener éxito, pues ¿cómo plantear un bien común por sobre el particular a grupos que no se reconocen parte de una misma comunidad? Por esa razón los diversos proyectos socialistas (marxistas o no) han fracasado, pues no puede existir solidaridad recíproca entre clases cuando éstas representan a grupos raciales diferentes.

Si aceptamos que las etnias o Naciones verdaderas son Identidades biológicas, psíquicas y culturales, colectivas y autoconscientes, podemos concluir que los nacionalistas chilenos, con su rechazo a la división de clases y su propuesta socialista aplicable a todas las poblaciones que habitan en Chile, no proponen realmente un proyecto nacional, sino que uno internacionalista, lo que los sitúa bastante más cerca de sus declarados enemigos de izquierda y derecha, que de sus referentes nacionalistas europeos.

Por todo lo anteriormente dicho respecto a los efectos del clasismo en los criollos, podríamos concluir una situación bastante favorable para sus intereses raciales. En efecto, el clasismo:

  1. Segrega racialmente a los criollos del resto de la población y perpetúa su hegemonía dentro de una misma clase.
  2. Permite la imposición de sus códigos culturales propios.
  3. Permite la unión racial paneuropea de inmigrantes blancos al interior de la misma clase.

A simple vista, no haría falta ninguna iniciativa en beneficio de los intereses raciales criollos, toda vez que la situación social en que hasta el día de hoy se encuentran, difícilmente podría ser mejor

¿Qué podría uno de nosotros ofrecer a los criollos cuando el clasismo por sí sólo les asegura, no sólo su existencia, sino que una posición totalmente privilegiada?

Notas

[1] De la cultura de insultos raciales aún vigente en Estados Unidos da cuenta sitios como The Racial Slur Database (http://www.rsdb.org), donde no solamente se aprecian términos derogatorios, sino que algunos que han sido empleados por personas para identificarse a sí mismas como parte de un grupo, y definir una identidad.

[2] De Benoist, Alain: On Identity, …,cit., p. 38.

[3] Si bien esto ha impactado a toda la sociedad chilena, se manifiesta de manera más cruda y desagradable entre las mujeres, donde el uso de tintura de cabello, maquillaje base para aclarar la piel, lentes de contacto de colores claros, zapatos de tacón, y hasta “respingadores” (la última novedad en “corrección” de narices indígenas), sumado al creciente aumento de cirugías plásticas de todo tipo, revelan la enfermiza fijación por aparentar una raza ajena.

[4] En este centenario fenómeno de travestismo racial debe encontrarse la principal causa de la identificación de personas no-blancas con el Nacionalsocialismo, y sólo secundariamente en las recientes distorsiones ideológicas que se ha hecho de dicha ideología.

[5] Para un análisis mayor sobre las políticas y legislaciones sobre inmigración en Chile, véase Lara Escalona, María Daniela: Evolución de la legislación migratoria en Chile claves para una lectura  (1824-2013), disponible en www.scielo.org.

[6] Vicuña Mackenna, Benjamín: Bases del informe presentado al Supremo Gobierno sobre la Inmigración extranjera por la Comisión Especial nombrada con ese objeto y redactada por el secretario de ella, Santiago, Imprenta Nacional, 1865, p. 94.

[7]Los criollos aplaudían la idea de que alemanes regeneraran a los mestizos mezclándose con ellos, pero ni siquiera los mismos criollos deseaban reproducirse fuera de su exclusiva clase y raza.

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