11 de Septiembre de 1541

11 de Septiembre de 1541

El 9 de septiembre de 1541, Pedro de Valdivia, cuarenta jinetes y tropas auxiliares incas abandonaron la ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura para sofocar una rebelión de indígenas al Sur, cerca de Cachapoal (actual Región del Libertador Bernardo O’Higgins). En Santiago, quedaron treinta y dos jinetes, dieciocho arcabuceros, y entre trescientos y trescientos cincuenta yanaconas.

A su vez, Michimalonco entrega a la ciudad de Santiago 7 caciques cómo rehenes en muestra de sus intenciones pacificas, y su palabra de honor de no atacar la ciudad mientras los españoles se encontrasen en el sur del territorio.

Llegada la mañana del 10 de septiembre, una joven yanacona volvió a Santiago con la noticia de que los bosques periféricos al asentamiento se encontraban llenos de indígenas hostiles. Al preguntar a Inés de Suárez (o Inés Suárez) si consideraba que los siete caciques que se encontraban prisioneros debían ser liberados en señal de paz, ella lo consideró como una mala idea, ya que, en caso de ataque, los líderes recluidos serían su única posibilidad de pactar una tregua. El capitán Alonso de Monroy, a quien Valdivia había dejado al mando de la ciudad, consideró acertada la suposición de Suárez y decidió convocar un consejo de guerra.

A las 4 de la madrugada del 11 de septiembre, cientos de indígenas salieron de entre los bosques que rodeaban por los cuatro lados de la ciudad. Santiago de Azoca, que hacía guardia, dio la alarma y los defensores tomaron en el acto el puesto que les habían asignado preventivamente Alonso de Monroy y el maestre de campo Francisco de Villagra. Jinetes españoles salieron de la ciudad para enfrentarse a los indígenas, cuyo número en un principio se estimaba en 8000 hombres, y posteriormente 20.000. Pese a contar los españoles con caballería y mejores armas, los indígenas eran una fuerza numéricamente superior.

Los mapuches, protegidos por la empalizada de los disparos de arcabuz, hacían llover flechas y piedras sobre los defensores que lograron resistir hasta el alba, con lo que contrarrestaron el ataque con medidas efectivas, pero su bajo número les hacía imposible el descanso. Unos tras otros, los conquistadores iban recibiendo heridas de leve o de mediana gravedad.

Al anochecer, los mapuches lograron que el ejército rival se batiese en retirada cruzando el río hacia el Este para refugiarse de nuevo en la plaza. Tan desesperada parecía la situación, que el sacerdote local, Rodrigo González Marmolejo, afirmó que la batalla era como el Día del Juicio y que tan solo un milagro podía salvarlos.

Durante el ataque, la labor de Inés de Suárez había consistido en atender a heridos y desfallecidos, curando sus heridas y aliviando su desesperanza con palabras de ánimo, además de llevar agua y víveres a los combatientes, y ayudando incluso a montar a caballo a un jinete cuyas serias lesiones le impedían hacerlo solo.

Los indígenas, para vencer de una vez por todas ya que la encarnizada resistencia los irritaba, prendieron fuego a los ranchos de paja. Los defensores no podían apagar el incendio sin abandonar las trincheras, ni los mapuches se lo habrían permitido.

La resistencia estaba siendo vencida. Casi todos estaban heridos, y el cansancio empezaba a agobiarlos después de horas de incesante pelear, casi exclusivamente a lanza y a sable.

Entonces, Inés tuvo una idea que le salvó la vida a los españoles. Viendo en la muerte de los siete caciques la única esperanza de salvación para los españoles, Inés propuso decapitarlos y arrojar sus cabezas entre los indígenas para causar el pánico entre ellos. Muchos hombres daban por inevitable la derrota y se opusieron al plan, argumentando que mantener con vida a los líderes indígenas era su única baza para sobrevivir, pero Inés insistió en continuar adelante con el plan: se encaminó a la vivienda en que se hallaban los cabecillas, y que protegían Francisco Rubio de Alfaro y Hernando de la Torre, dándoles la orden de ejecución. Testigos del suceso narran que de la Torre, al preguntar la manera en que debían dar muerte a los prisioneros, recibió por toda respuesta de Inés: “De esta manera”, tomando la espada del guardia y decapitando ella misma a Quilicanta, y después a todos los caciques rehenes que retenía en su casa, por su propia mano, y arrojando luego sus cabezas entre los atacantes.

Este gesto fue interpretado por los aborígenes como una advertencia de que si no se retiraban, correrían igual suerte que la de sus jefes, e increíblemente dieron vuelta la espalda emprendiendo retirada, cuando la victoria estaba en sus manos.

Afirma un testimonio que «salió a la plaza y se dispuso frente a los soldados, enardeciendo sus ánimos con palabras de tan exaltadas alabanzas que la trataron como si fuese un valiente capitán, y no una mujer disfrazada de soldado con cota de hierro». Avivado el coraje de los españoles, estos aprovecharon el desorden y la confusión causada entre los indígenas al topar con las cabezas decapitadas de sus caciques, logrando poner en fuga a los atacantes. La acción de Inés en esta batalla sería reconocida tres años después (1544) por Valdivia, quien la recompensó concediéndole una condecoración.

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